
Detrás de cada piloto que llega a la Fórmula 1 hay una historia de esfuerzo, sacrificios y decisiones difíciles. En el caso de Franco Colapinto, uno de los nombres propios del automovilismo argentino de los últimos años, la suya no puede entenderse sin la figura de su padre, Aníbal Colapinto.
Durante el podcast Piloto 43, repasamos con él algunos de los momentos más importantes de la trayectoria de su hijo. Una charla que permitió descubrir recuerdos poco conocidos, anécdotas de años difíciles y reflexiones sobre todo lo que tuvo que ocurrir para que aquel joven argentino que llegó a Europa siendo apenas un adolescente terminara compitiendo entre los mejores.
La historia de Franco Colapinto también es la historia de una familia que apostó por un sueño cuando parecía imposible. Aunque Aníbal, con su naturalidad y modestia habituales, reste importancia a su propio papel.
Aníbal se quita méritos, pero su rol fue fundamental
Corría el año 2019 cuando coincidimos por primera vez con Aníbal Colapinto. Franco competía en Fórmula 4 y, ya entonces, en Racers pudimos ser conscientes de la humanidad que caracterizaba a ambos.
Los años han pasado, pero Aníbal no ha cambiado. Durante nuestra conversación, le pedimos que no se quitara méritos. Pero él sigue prefiriendo mantenerse en segundo plano, darle el protagonismo a su hijo.
Obviamente es Franco Colapinto quien se sube al coche, quien compite, soporta la presión y ha conseguido abrirse paso en la Fórmula 1. Pero detrás de ese piloto hubo durante muchos años una familia que tuvo que tomar decisiones difíciles, asumir sacrificios y acompañar una carrera deportiva que no ofrecía garantía de éxito.
Y, sin embargo, Aníbal tiene muy claro quién debe llevarse el reconocimiento:
«El que está en lo máximo es Franco. El que logró todo es él; el que puso los huevos, él»
La frase resume a la perfección cómo es la relación entre ambos. Para Aníbal, su papel fue acompañar y hacer posible que Franco tuviera una oportunidad, y nunca ha querido presentarse como el responsable de los resultados que consiguió su hijo.
La realidad es que ambas cosas son ciertas. Franco es el responsable directo de haber convertido aquella oportunidad en una carrera deportiva extraordinaria, pero para que eso pudiera darse, hubo antes años de trabajo y decisiones familiares que no siempre fueron sencillas.
Una de las más difíciles llegó cuando Franco Colapinto tuvo que marcharse a Europa.

El sacrificio de vivir solo en Europa
Probablemente, uno de los momentos más crudos de nuestra conversación con Aníbal fue cuando hablamos de los primeros años de Franco en el Viejo Continente.
Ser un joven piloto argentino intentando hacerse un hueco en el automovilismo significaba competir a miles de kilómetros de casa. Y, con ello, también aprender a vivir y desenvolverse prácticamente por su cuenta. Con el tiempo, aquella etapa terminó siendo mucho más importante de lo que pudiera parecer entonces.
«Por suerte, aunque sea crudo y duro decirlo, tuviste que pasar por todo eso. Porque si yo me hubiese quedado viviendo con vos, o le hubiese dicho a mamá que se quede viviendo con vos, vos no hubieses llegado a la Fórmula 1»
La frase de Aníbal a su hijo puede sonar dura, pero ahí reside la importancia de la reflexión. La dificultad es parte del camino, y a Franco Colapinto le ayudó a madurar; no solo como piloto, también como persona. Porque mientras otros jóvenes podían volver a casa tras competir, él tuvo que aprender a convivir a solas con los equipos, la presión… y la distancia.
Son detalles que no aparecen en una retransmisión de F1, pero que ayudan a entender cómo se construye realmente la carrera de un piloto. Esa experiencia, para Aníbal, terminó siendo parte de la formación de Franco.
«Tuvo que crecer a los golpes»
No es la manera más sencilla ni más cómoda de llegar a la élite. Pero sí una que, con el tiempo, termina forjando una personalidad preparada para afrontar situaciones que otros pilotos quizá jamás tuvieron que experimentar.
Muchos debaten sobre la renovación con Alpine, si el argentino no debería volver a Williams, donde tal vez tendría una vida más ‘fácil’. Sin embargo, son los momentos complicados los que hacen madurar, los que forjan grandes campeones. Y quizá por eso el reto en Alpine, junto al implacable Flavio Briatore, es el lugar perfecto para un Franco al que hacen más fuerte las adversidades.

Una carrera construida lejos de los focos
La historia de Franco Colapinto también está llena de momentos que, desde fuera, pueden parecer pequeños; pero que para una familia significan muchísimo.
Durante la charla con Aníbal hablamos precisamente de esa parte menos visible del automovilismo. De los viajes, los malos fines de semana y lo complicado que puede ser para un piloto joven afrontar un fracaso cuando está lejos de su entorno.
«Somos muy pocos los que realmente sabemos lo que se tuvo que vivir para que Franco llegue ahí»
Sus palabras adquieren mayor sentido cuando entendemos el contexto: una carrera puede decidir una temporada. Un error en la salida, un accidente o resultado inesperado pueden cambiar por completo el futuro de un piloto. Y cuando todo eso ocurre lejos de casa, la carga emocional se multiplica.
Quienes hemos cubierto durante años categorías inferiores del automovilismo sabemos bien por lo que pasan estos chicos. Antes de ser reconocidos y aparecer en televisión, hay un esfuerzo enorme que queda oculto. Hay familias que viajan durante kilómetros, y jóvenes que tienen que aprender a convivir con la presión mucho antes de que nadie conozca sus nombres.
Monza: el circuito más especial
Algunos circuitos van de la mano de la historia personal de un piloto. Para Aníbal Colapinto, Monza es uno de ellos.
Durante la charla, nos contó que lleva muchos años acudiendo al trazado italiano, siguiendo la trayectoria de su hijo:
«A Monza he ido siempre, todos los años desde que Franco estaba en las categorías inferiores. Cada vez que tocaba Monza, iba; y a Imola también. Me encanta»
Y no solo por el circuito. Monza está relacionado con algunos de los momentos más especiales de la trayectoria de Franco. Uno es su victoria en Fórmula 3, tras competir con una clavícula rota apenas unos días antes.
«Tenía la clavícula quebrada diez días antes, que fue una locura que corriera, pero bueno. Se la bancó [aguantó] y pudo ganar la carrera del sábado»
Pero hay otro recuerdo aún más importante:
«Hace dos años y tres semanas, Franco debutó en la Fórmula 1 en Monza. Así que mirá qué recuerdos tenemos»
La conexión entre el circuito italiano y su hijo es evidente. No hace falta mucho más para entender por qué la llegada de cada GP de Italia tiene un significado distinto para la familia Colapinto.

La naturalidad de Franco: una personalidad que no se puede fabricar
Durante la entrevista, también comentamos una de las características que más han definido a Franco: su naturalidad.
En una Fórmula 1 en la que cada declaración puede estar cuidadosamente estudiada y preparada por los equipos de comunicación, Franco ha mantenido una personalidad espontánea.
«Él dice lo que siente. Lo dice porque lo siente, no porque tenga librito. Y eso enamora a la gente»
Su autenticidad ha robado el corazón a los aficionados. Lejos de ser como otros pilotos, más comedidos, Franco bromea, dice algo inesperado o expresa su opinión más sincera. Y no hay estrategia detrás. No es un personaje diseñado para llegar al público. Es, simplemente, Franco Colapinto.
«A veces se manda cada una queee… pero bueno», cuenta con humor Aníbal.
Porque sí, esa espontaneidad de su hijo puede generar situaciones inesperadas, que hasta incomoden a la encorsetada Fórmula 1. Pero precisamente ahí reside buena parte de su encanto.
Cuando Williams descubrió de qué era capaz
De entre todos los recuerdos que nos cuenta Aníbal, hay uno que le causa especial emoción: la prueba de Franco con Williams en Abu Dhabi.
No era un Gran Premio. No había puntos en juego ni una carrera que ganar. Pero para los Colapinto era una oportunidad fundamental. Franco tenía que demostrar que estaba preparado, y su padre vivió aquella jornada con una tensión difícil de ocultar.
«Yo estaba renervioso, me acuerdo, porque no tenés que cometer ningún error y [había que] estar dentro de un tiempo lógico. Y yo lo único que decía era ¡ay, por favor!, porque claro, este [Franco] no había girado nunca en un Fórmula 1… que no cometa ningún error, que no haga un trompo…»
Cada vuelta tenía un valor enorme. Era importante completar el programa sin fallos.
Y lo hizo.
Cuando terminó los kilómetros previstos, llegó un momento que Aníbal recuerda con mucho cariño. El equipo había quedado satisfecho con el trabajo de Franco y decidió darle la oportunidad de disfrutar del coche:
«Hiciste todo mucho mejor de lo que nosotros nos imaginábamos. Ahora tendrás tu regalo; diviértete», le dijeron
Le colocaron un juego de neumáticos blandos nuevos y le dieron permiso para salir de nuevo a pista. Franco completó algunas vueltas más y terminó con el octavo mejor tiempo del día.
Para Aníbal, el resultado fue casi secundario. Lo realmente importante fue el abrazo posterior con su hijo y la sensación de haberle visto cumplir otro de los pasos que llevaban tantos años persiguiendo.

El sabio consejo de un padre antes del debut
Pero si hay un momento que resume a la perfección la relación entre Aníbal y Franco es el debut en Fórmula 1. Antes de que Franco Colapinto se subiera al coche en Monza, padre e hijo tuvieron unos momentos juntos.
Al ser preguntado sobre qué consejo le había dado antes de salir, la respuesta de Aníbal fue sencilla:
«¿¡Pero qué le voy a recomendar yo a Franco?! Le dije una sola cosa, una sola palabra: disfrútalo»
Después de todas las vivencias que les habían llevado hasta allí, no necesitaba decirle mucho más. Franco ya sabía lo que tenía que hacer. Había superado muchas dificultades, aprendido a competir lejos de casa…
Aquel momento no era para hablar de estrategia, resultados o expectativas. Era para disfrutar. Una palabra que resume la filosofía de Aníbal durante toda la trayectoria de su hijo.
Una historia que va mucho más allá de la Fórmula 1
La conversación con Aníbal nos permitió conocer esa parte de Franco Colapinto que no siempre sale a la luz.
Los pilotos no son solo resultados, contratos y carreras. Detrás de Franco Colapinto hay una historia de sacrificio familiar, de viajes, de momentos difíciles y de decisiones arriesgadas. Y, sobre todo, una relación padre-hijo que ha sobrevivido a todas las dificultades.
Aníbal insiste en que el mérito final pertenece a Franco. Y en parte tiene razón: fue él quien tuvo que transformar cada oportunidad en resultados. Pero conocer la historia sobre esos años previos al ‘Gran Circo’ permite entender por qué el entorno también forma parte del piloto que vemos hoy.
Su padre no puede evitar que los recuerdos le toquen la fibra sensible:
«Cuando llegan los logros, uno empieza a recordar esas cosas que se vivieron y bueno, tocan el corazón»
Quizá ahí esté la verdadera dimensión de esta historia. Franco Colapinto ya es parte de esta Fórmula 1. Pero para llegar hasta allí, hubo muchos circuitos, muchas horas de viaje, días buenos y malos, momentos de incertidumbre y una familia que decidió apostar por un sueño.
Por eso, cuando finalmente llegó el momento de debutar en la categoría máxima del automovilismo, Aníbal no necesitó darle una gran lección. La vida ya se la había dado.
Solo le dijo una palabra: «Disfruta».