Los sponsors que nutren la fábrica de sueños del karting

Pedro Hiltbrand, el piloto referencia del karting español actual. | Imagen: kart360

 

Desde que en un agosto de 1956, Art Ingels y Lou Borelli inventaran en California una especie de estructura tubular más parecida a un juguete que a un vehículo, la práctica del karting no ha dejado de extenderse por todo el mundo a nivel de entretenimiento pero también para que los pilotos puedan foguearse y pulir su pilotaje desde una edad temprana con vistas a llegar a la cima del automovilismo. Mantiene la esencia del motorsport clásico pero en este deporte emerge también el compañerismo y el trato cercano alejado de la competitividad extrema de la Fórmula 1. Quizás por eso, la mayor parte de pilotos de la máxima categoría del motor añora sus años de niñez en los circuitos. Un casco, un mono, botas, guantes, los mismos neumáticos de hace dos meses y a correr.

Todo empieza en el karting . Primero en carreras locales, más tarde regionales, después nacionales y, finalmente, en la meca de esta disciplina, Italia. Todo este camino de ilusiones es también un camino de enormes gastos. Tan solo un kart medianamente competitivo, equipamiento de seguridad y técnicos que le hagan el mantenimiento puede suponer una cifra próxima a los 10 000 euros. Es solo el comienzo. Esta cantidad puede multiplicarse por cinco en los campeonatos nacionales y por diez en el caso de dar el salto al plano internacional. Cada inversión es siempre poca, además, tratándose de una competición en la que la calidad del material siempre importa y, por ello, no es casualidad que las mecánicas más humildes no salgan de las últimas plazas de la parrilla.

Aquí es donde entra el compañero de viaje inseparable de los equipos. Es de obligación contar con él y cuanto antes mejor. Es, cómo no, el sponsor. En el campeonato de España de Karting, todas las escuderías tienen apoyos en forma de patrocinadores, no así los particulares, que compiten de manera individual gracias, principalmente, a la buena fe de familiares que les respaldan económicamente. Hay una gran variedad de marcas interesadas en el automovilismo base, aunque evidentemente casi la cuarta parte proviene de sectores amigos de las carreras, como la mecánica, la automoción o el equipamiento deportivo. Las marcas encasilladas en estas áreas tienen un tamaño grande o mediano, a diferencia del plano global, donde abundan en mayor medida las microempresas y las pequeñas empresas.

Talleres de todo tipo, desguaces y otros servicios similares componen el sector de la mecánica, el más amplio. Le siguen de lejos otros dos muy diferentes: la construcción, con negocios cuyo capital y dimensión les permite el acercamiento a un deporte caro como este, y el del ocio, turismo y hostelería, constituido casi en su totalidad por negocios pequeños, que canalizan su pasión por la competición en forma de patrocinios a equipos y pilotos. A estos sectores les siguen otros como el del transporte y el comercial, aunque también hay cabida en los circuitos para empresas que provienen de áreas tan dispares como las artes gráficas, la alimentación o los seguros.

Sin afinidad no hay acuerdo

¿Cómo es posible que convivan empresas de aproximadamente veinte sectores distintos en un mundo alejado del foco mediático y del interés general? No es un enigma. El talento de los pilotos, las condiciones de trabajo, la calidad del material… estos elementos cuentan para los equipos, pero desde luego mucho menos que sus contactos y sus habilidades para atraer sponsors. Hacerlo bien en este sentido resulta vital para la supervivencia del equipo y, para establecer un nexo sólido, nada más efectivo que una afinidad interesada. Familiares o amigos con negocios suelen ser los más recurridos, pero la magnitud económica del karting hace que sea insuficiente. Ahí es cuando las escuderías barren para casa y buscan la simpatía del vecino; ese restaurante de la esquina de toda la vida o aquel taller de confianza al que todos recurren en el barrio.

Aquí, como en todo, suele haber alumnos más aventajados. Galicia, Aragón, Canarias y Cataluña son las comunidades autónomas que más sponsors aportan al campeonato y, desde luego, esta circunstancia no significa que sean regiones cargadas de cultura automovilística. Esto puede ayudar, pero sin duda ese pequeño gran éxito viene de la mano de los equipos que pasean con orgullo sus raíces en las pistas que componen el calendario nacional. Desde Recas hasta Zuera. Esos equipos llenan de pegatinas sus karts y los monos de sus pilotos, contando con el respaldo económico de las marcas, en la medida en la que su economía particular se lo permite.

La sangría dineraria en cualquier ámbito se contrapesa con los patrocinadores, pero en el karting esta dependencia se torna fundamental. Son mecenas del automovilismo más modesto, que no barato. Respaldan el esfuerzo y permiten que las inversiones sean útiles. Son logos, pegatinas, pero detrás de ellos hay corazones movidos por ilusiones personales y por motivaciones de lo más humanas. Todo ello aderezado por un marco incomparable. Porque sí, es cierto, el karting nunca será como la Fórmula 1 en muchos niveles, pero si solo cuenta la esencia más pura de la competición, esa emerge en los kartódromos, donde las leyendas dan sus primeros pasos. Lo hacen con monos y guantes desgastados, pero con bordados relucientes de aquellos que permiten que la fábrica de sueños sea una realidad.

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